Fatiga, alteraciones emocionales y problemas cognitivos: el cóctel explosivo del Síndrome de Fatiga Crónica (SFC)

fatigaPor Marisa Fernandezoct 25, 2013

No está claro cuántos casos son, pero son muchos los afectados por el Síndrome de Fatiga Crónica (SFC). Según un documento de consenso elaborado en 2008 por Alfredo Avellaneda y un grupo de expertos, la prevalencia se estima entre el 0.002 y el 2.5% de la población, y podría decirse que, al menos en un país como España, estaríamos hablando de unos 40.000 enfermos de SFC.

El SFC forma parte de ese grupo de enfermedades, entre las que se incluye la fibromialgia, en las que se desconoce el origen o causa primaria. Si bien se ha relacionado con el estrés crónico, con problemas inmunes y con cierta vulnerabilidad genética, siguen sin estar establecidas las bases sobre las que se sostiene. Lo que sí está claro es que existe un perfil en el que existe una fatiga severa que no mejora con el descanso y que se ve exacerbada con el ejercicio físico o la actividad mental. Este es un cuadro clínico complejo en el que frecuentemente aparecen dolores musculares, cefaleas, molestias gastrointestinales, sequedad bucal, sensaciones de mareo o inestabilidad, entre otros. De forma importante, un alto porcentaje los afectados se queja de problemas en la concentración o en el aprendizaje, y las alteraciones anímicas son otro síntoma muy frecuente.

Una reciente publicación de Yvonne Christeley y su equipo en Current Psychiatry Reports (2013) revisa particularmente las alteraciones neuropsiquiátricas y neuropsicológicas en este síndrome. Entre las primeras, según los autores, destaca que se presentan hasta en un 60-70% de los pacientes, con la depresión como gran protagonista, seguida de los trastornos de ansiedad, el trastorno somatomorfo o los trastornos de personalidad.

Dediquémosle un poco más de tiempo al asunto de la depresión. Si bien es cierto que el SFC y los trastornos depresivos comparten ciertos rasgos como los problemas de sueño y de atención y memoria, existen trabajos que muestran como utilizando el Beck Depression Inventory como prueba, pueden establecerse perfiles diferenciados. Por ejemplo, Johnson, DeLuca y Natelson (1996) encontraron que los pacientes con depresión mayor puntuaban más en los ítems de sintomatología anímica y de auto-reproche, mientras que el grupo de SFC lo hacía con más intensidad en aquellas cuestiones del BDI relativas a problemas físicos.  Como bien explican Christeley y sus colaboradores, podría existir una vía común relacionada con el estrés oxidativo y nitrosativo, unas vías que se activan con el estrés psicosocial y los problemas inmunológicos, y que podría estar en la base de los síntomas comunes entre depresión y SFC como la fatiga y los dolores musculares.

Por otro lado, la presencia elevada de trastornos de ansiedad como el trastorno de ansiedad generalizada en estos pacientes, se ha planteado como un posible factor de vulnerabilidad para el desarrollo del SFC.

El segundo grupo de alteraciones revisadas por los autores son las de tipo neurocognitivo, que parecen darse en un 50-80% de los pacientes. Son bastantes los estudios realizados y el perfil de problemas cognitivos en el SFC se caracteriza fundamentalmente por una mayor lentitud en el procesamiento de la información, que hace que tengan tiempos de reacción mayores y un peor rendimiento en tareas que exigen manipular mentalmente la información con tiempos límite. Además, son frecuentes también los problemas en la memoria de trabajo, habiéndose comprobado que los cambios en el flujo sanguíneo cerebral durante la ejecución de tareas de este tipo son distintos al de controles sanos. Y finalmente, también se han descrito fallos en el aprendizaje de nueva información, que podrían estar influidos por esa lentitud a la hora de procesar los estímulos a aprender.

Una vez descrito este perfil de paciente, ¿qué es lo que se puede hacer? Pues bien, entre las indicaciones terapéuticas que han mostrado eficacia y que se recomiendan en el citado documento de consenso, se encuentra la psicoterapia, el ejercicio físico gradual y progresivo y ciertos fármacos. Curiosamente, sin embargo, no existen estudios, hasta donde personalmente conozco, que se dirijan específicamente a la mejora de las alteraciones neuropsicológicas que tan frecuentes son. En este sentido, sería ideal que los afectados pudieran participar de programas de entrenamiento cognitivo que les permitan mejorar su funcionamiento, como otros que se han realizado con fibromialgia y que han mostrado cierta eficacia.

Como podemos ver, hay patologías muy complejas cuyo afrontamiento demanda equipos de atención multidisciplinar e intervenciones multicomponente que ayuden a los afectados a mejorar su funcionalidad y su calidad de vida.

Marisa Fernández Sánchez es licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y tiene estudios de posgrado en Neuropsicología. En su trayectoria profesional ha trabajado como profesora e investigadora en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y como clínica en distintos ámbitos relacionados con la evaluación y la intervención en deterioro cognitivo asociado a demencias, fibromialgia y otras patologías de tipo neurológico. En la actualidad, Marisa trabaja como neuropsicóloga senior en Unobrain, donde colabora en la creación de programas de Brain Fitness, destinados a promover el cuidado de la salud cerebral en adultos y niños.

http://psyciencia.com/

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